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Trumpismo y lopezobradorismo: lecciones de Donald para Andrés Manuel

Trumpismo y lopezobradorismo: lecciones de Donald para Andrés Manuel

POR: PROCESO

El desenlace divisorio en EU visto tras las elecciones del pasado 3 de noviembre ofrece lecciones y reflexiones para López Obrador y su futuro.

Por más que patalee, provoque y tuiteé, es poco probable que Donald Trump logre quedarse en la presidencia de Estados Unidos. Por más que insista en litigar y judicializar y movilizar a su base electoral, se verá obligado a abandonar la Oficina Oval.

Una elección reñida -pero en la cual Joe Biden ha logrado imponerse- sacará al Polarizador en Jefe del poder. Pero eso no significa que el trumpismo haya terminado. Sigue vivo y presente entre los millones de votantes que acudieron a las urnas a refrendarlo. Ahí están, gritando, denunciando, vociferando su descontento con el desenlace electoral y desconociéndolo.

El fervor de sus fieles demuestra un fenómeno inquietante: Trump no fue un accidente o una aberración. La contienda de 2016 que lo empoderó no fue un evento extraordinario, sino representativo del país en el cual Estados Unidos se ha convertido. Casi la mitad del electorado examinó los últimos cuatro años y no los rechazó. Votó por extenderlos. Votó para validarlos.

Y esa legitimación a Trump deja tras de sí una nación dividida en dos. Los estados rojos en manos de los republicanos y los estados azules dominados por los demócratas. Biden en control de la presidencia, pero sus opositores en control del Senado. Un partido que apenas logra ganar la presidencia y un partido que se dedicará a sabotearla. Una población multicultural, profesional y globalizada, enfrentada a otra que no se percibe ni quiere ser así. Los millenials contra “Make America Great Again”.

Y, como ha argumentado George Packer en The Atlantic,­ parecería que decenas de millones de republicanos quieren más a Trump de lo que quieren a la democracia. Porque Trump es muchas cosas, pero su comportamiento ha demostrado que no es un demócrata. Lleva cuatro años rompiendo reglas, atacando contrapesos, desmantelando instituciones, violando leyes. Ha ejercido un estilo personal de gobernar basado en la promoción del odio, la arenga al adversario, la promesa de la restauración jamás acompañada de un proyecto para el progreso.

Millones de estadunidenses que se dicen “amantes de la libertad” lo han acompañado sin chistar, comportándose más como feligreses que como ciudadanos. Han emulado su discurso divisorio, han celebrado sus actitudes autocráticas, han ignorado su desdén por la ley. Han manifestado una preocupante predilección por el populismo conservador, por encima del republicanismo progresista.

Al igual que su líder, desprecian los datos, condenan la ciencia, parecen despreocupados por la pandemia, conviven con las contradicciones, abrazan las incongruencias y tiran al basurero de la historia los preceptos fundacionales de la deliberación democrática. Apoyan al hombre que refuerza sus prejuicios en lugar de combatirlos. Aplauden al populista por las promesas que hace, no por los resultados que produce. Demuestran lealtad a un hombre y no a un sistema democrático.

Por su parte, el Partido Demócrata y Joe Biden tampoco han logrado entender las motivaciones del bando contrario y cómo encararlas. Los liberales estadunidenses no han prestado suficiente atención a los problemas y a los agravios de un sistema económico y político que no satisface a la mitad del país.

No han sabido como redistribuir mejor la riqueza o mejorar el funcionamiento de las instituciones o dejar atrás las actitudes elitistas y tecnocráticas o incorporar a quienes los estragos de la globalización están dejando atrás. El trumpismo es la manifestación de un país que no logra reconciliarse consigo mismo o construir una narrativa lo suficientemente incluyente como para que quepan todos, desde los corporativos de Silicon Valley hasta los graneros de South Dakota. Hoy Estados Unidos carece de códigos compartidos y valores comunes que trasciendan la polarización que Trump capitalizó y profundizó.

Por ello, habrá trumpismo para rato, aunque su proponente ya no despache desde la Avenida Pennsylvania. Estados Unidos no logra encontrar una salida a la incomprensión mutua, a la polarización destructiva. Los demócratas podrán celebrar su victoria pero tendrán que coexistir con millones de compatriotas que se oponen – apasionadamente – a ese resultado.

Las trincheras se han ahondado y se vislumbran pocas posibilidades de construir puentes entre los Estados Des(Unidos) de América. A pesar del pésimo manejo de la pandemia, la incompetencia gubernamental, la corrupción validada desde la Casa Blanca, la colusión con Rusia, las múltiples mentiras promovidas por Twitter y el abierto desafío a la ley, la beligerancia de Trump no fue repudiada. El populismo conservador no fue derrotado de manera contundente. Al contrario, demostró su arraigo.

Ese desenlace divisorio ofrece lecciones y reflexiones para López Obrador y su futuro. Algunas le resultarán tranquilizantes pero otras son inquietantes. En el espejo de Trump, AMLO puede constatar que el amor a un personaje se traduce en réditos políticos. La política de la identidad –“ellos” contra “nosotros”– sí se traduce en lealtad. La arenga contra los adversarios sí lleva a sus seguidores a odiarlos.

Para muchos, importa más la adoración a un hombre que los resultados tangibles y medibles de su proyecto. Importa más la construcción de narrativas de confrontación que el cumplimiento de promesas o la defensa de la democracia. Pero la apuesta a la polarización también tiene costos.

Engendra países –como Estados Unidos hoy– enemistados, enfrentados, incapaces de llegar a acuerdos que beneficien a la ciudadanía en general, y no sólo a una base electoral. Produce divisiones impermeables y guerras civiles de baja intensidad entre bandos permanentemente peleados. Y también, como en el caso de Trump, puede llevar a la derrota de quienes se dedican a dividir y destruir, en vez de unir y reconciliar.

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