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Popularidad y demagogia en el mundo

Popularidad y demagogia en el mundo

POR: PROCESO
¿Por qué gobiernos del mundo elegidos democráticamente, pero que no cumplen con sus funciones conforme a la razón, al derecho, al Bien Común, pueden seguir siendo populares, como el trumpismo, por dar uno de tantos ejemplos? ¿Qué relación hay entre legitimidad en el ejercicio mismo del poder obtenido democráticamente, en el funcionar concreto de ese poder, y popularidad y demagogia? ¿Juega la demagogia el papel de encubridora del mal funcionamiento de muchos gobiernos, de su desapego al derecho –reemplazado por su afición a una “presunta autoridad” de la muchedumbre adulada–? ¿Hay un reconocimiento del poder por parte de los grupos que sea irracional, fundado en el mito, y uno racional, reflexivo, basado en el apego de gobiernos al derecho y a la eficiencia administrativa? La demagogia moderna nace alrededor de 1750, según el genial Ortega y Gasset –a quien sigo en esto–, en relación con la “rebelión de las masas”. La demagogia tiene una historia antigua; es una degeneración de la democracia desde que la analizó magistralmente Aristóteles en su ‘Política’. Pero ella se reinventa con el pasar de los siglos, pues el poder tiende a extralimitarse y a desvirtuar su función natural de servicio del Bien Común. La democracia exige esfuerzo, cumplimiento de deberes, asunción de responsabilidades, sacrificios. La demagogia solamente sabe de prometer dádivas, listas de derechos a las muchedumbres, nada de deberes. La demagogia, “párvula en ideas”, con mentalidad confusa, embrutece, embriaga a las masas pasivas con dosis interminables de palabras zumbantes, de ruido, de mitos, a años luz de la realidad desnuda que demanda deliberación serena, grandeza de miras. Así habla Ortega de la demagogia: es ella propia de “mentes vagas, almas patéticas, atraídas teatralmente por gesticulaciones heroicas que han visto antes en los libros…”. Apela la demagogia moderna, desparramada en varios lugares del mundo, al odio, al encono, a la división, al estupor cotidiano, al escándalo con el fin de aturdir, de evitar la reflexión y las horas indispensables de silencio. Ese silencio creador, necesario, donde habita el genio de la prudencia que delibera con sabiduría. Así, con la demagogia, el ser humano sale de sí junto a la nación, cuando debieran estar dentro de sí para pensar con claridad y actuar en consecuencia. Inhibe pensamiento, generosidad, vida valiosa y conducta libre. Las muchedumbres sucumben al embrujo de la demagogia, de los sueños míticos, del odio a la inteligencia, a la crítica, al que sabe, al que tiene mucho honradamente, a la cultura, a la representación política plural; embrujo ese de los nacionalismos extremos, anti migrantes, racistas, por ejemplo. Ese sucumbir equivale a una capitulación de lo mejor de la persona, su espíritu, su nobleza generosa; significa una renuncia a las libertades. La demagogia es estéril al cultivar ignorancia, sectarismo, animalidad pasional. Ese relevar de mucho exigirse a los grupos, es en gran parte lo que explica que regímenes disfuncionales en el ejercicio del poder sean populares en algunos lugares del orbe, reconocidos por las muchedumbres, pero de cierta manera, sin embargo. Reconocidos tales regímenes, pero irracionalmente, míticamente, irreflexivamente por las masas que detestan todo pensar propio, todo esfuerzo por saber de verdad y ser. Ellas, demagogia y masa, solo saben de insultos, de intolerancia, de fanatismos de toda índole. Un régimen legítimo en su origen y en el desempeño eficiente de sus funciones en salud, educación, empleo, desarrollo, medio ambiente, seguridad, es reconocido por el pueblo responsable. Reconocido de manera racional porque tal régimen ama la cultura, la inteligencia, se apega al Derecho y gestiona el Bien Común, que lo legitima a diario con hechos, testimonios contundentes que persuaden. Bien decían los antiguos que la “felicidad está en la libertad y ésta en el ánimo esforzado”. Las muchedumbres no aman la libertad, ni el ánimo esforzado; aman el mito caudillista, la dádiva fácil, el establo que brinda seguridad. Tarde o temprano, toda demagogia ha terminado en fracaso estrepitoso, pero dejando tras sí un caudal de infortunios. El drama político de la demagogia tan contagiosa, indica Ortega, radica en la irresponsabilidad con la que maneja las ideas, la mescolanza de las mismas; ideas no propias, por cierto, sino emanadas de otros, seudo intelectuales irresponsables, “proselitistas” de mentiras y de “verdades vueltas locas, que son peores que los vicios”. La verdadera democracia, dice el filósofo español, no necesita de propaganda, de retórica sin fondo; requiere, como señalaba Tácito, de pocas leyes para cumplirlas. Ella persuade con la verdad de los hechos y con el apego al derecho donde anida la justicia, legitimando al poder. La misma idea de democracia, no debe dejarse al arbitrio de los “párvulos del pensamiento que son los políticos”. Hacemos votos porque en México y el mundo, la democracia verdadera, la que sirve al derecho, a los migrantes pobres, a la tolerancia, al pluralismo, al medio ambiente, a la inteligencia, en suma, doblegue toda forma de demagogia en las ideas y los hechos. Los pueblos responsables, conscientes, se lo merecen. Dedicó este artículo a la memoria de José Ortega y Gasset, genial pensador español, el de la “Rebelión de las Masas”, esas que no se exigen nada a sí mismas, y lo esperan todo de todos sin esfuerzo alguno de saber y ser, halagadas por los poderes en turno para ruina de las mismas.

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