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Pandemia y desigualdad

El contagio del virus ha sido generalizado, pero sus consecuencias económicas y sociales difieren enormemente si tomamos en cuenta los grupos sociales, las diferencias étnicas y los problemas de género.

POR: PROCESO

Un tema que ha estado en el centro de atención al iniciarse el presente año, tanto en eventos y publicaciones como en medios de comunicación, es el de los efectos del covid-19 en el problema estructural de la desigualdad. El contagio del virus ha sido generalizado, pero sus consecuencias económicas y sociales difieren enormemente si tomamos en cuenta los grupos sociales, las diferencias étnicas y los problemas de género.

El conocido centro de pensamiento Oxfam dio a conocer el 21 de enero su informe titulado El virus de la desigualdad. Con el rigor que caracteriza los trabajos de esa institución, el informe comienza con datos sobre los efectos de la pandemia desde el punto de vista de a). La capacidad para recuperase de sus consecuencias económicas, b). La posibilidad de sobrevivir al contagio, y c). La agudización de las diferencias en la situación laboral por sexo o grupo étnico.

De febrero a noviembre de 2020, la fortuna de los mil hombres más ricos del mundo se recuperó 99% de las pérdidas sufridas por la pandemia. Por lo contrario, para los más pobres del mundo recuperar lo perdido en ese lapso en materia de ingreso, acceso a la educación o expectativas de bienestar llevará, al menos, una década.

En Estados Unidos cerca de 22 mil latinos y afroamericanos que murieron por covid-19 estarían vivos si la tasa de fallecimiento en tales sectores fuese similar a la que tiene lugar entre los grupos blancos. Puede suponerse que en países menos desarrollados, como Brasil o México, semejante correlación es aún más desfavorable.

Si en los sectores afectados por la pandemia las condiciones laborales de las mujeres fueran similares a las de los hombres, más de 100 millones de mujeres no estarían en riesgo de perder su trabajo e ingreso.

Tales datos justifican las palabras del secretario general de la ONU, citadas en el informe, que dicen: “El covid-19 ha sido como una radiografía que revela las fracturas y la debilidad del esqueleto de las sociedades que hemos creado. Está exponiendo las mentiras según las cuales las fuerzas del mercado, actuando libremente, pueden ofrecer cuidados de salud para todos; la creencia de que vivimos en un mundo posracial; el mito que todos vamos en el mismo barco, cuando en realidad algunos van en yates de lujo y la mayoría sólo recibe los desperdicios”.

En efecto, como señala el informe, en materia de salud el coronavirus ha hecho muy visibles los peores efectos de sistemas de salud mal equipados, sin financiamientos adecuados, casi inexistentes en regiones desfavorecidas de los países en desarrollo. Asimismo, ha hecho evidente las limitaciones de sistemas de salud privados que se han visto saturados al no saber responder a situaciones de crisis.

En el ámbito de la educación, la ­desigualdad y la dimensión de los problemas son enormes. En el año 2020, durante los meses más duros de la pandemia, más de 180 países cerraron sus escuelas, dejando a cerca de mil 700 millones de niños y jóvenes sin servicios escolares que, frecuentemente, también son esenciales para recibir alimentación. El regreso a clases ha sido caótico, interrumpido frecuentemente, sin apoyo generalizado de técnicas digitales, las cuales sólo se utilizan en grupos privilegiados con acceso a internet. Se estima que semejante situación implica, entre otras cosas, el retroceso que se había logrado en la educación de las niñas durante los últimos 20 años.

En el terreno laboral, cientos de millones de empleos se han perdido. El golpe ha sido más duro para los trabajadores que no tenían ninguna forma de protección al ser despedidos. Para ellos, la recuperación de trabajo e ingreso será muy difícil y quizá inalcanzable.

El informe llama la atención sobre el efecto que estos momentos de desigualdad acentuada tendrán sobre los movimientos de descontento social que se han manifestado antes y durante la pandemia. La movilización en torno al problema racial que ha sido tan intenso con el llamado Black Lives Matter (la vida de los negros importa) ha cobrado mayor presencia y legitimidad. Otro tanto ocurre con los movimientos feministas que tienen, en los efectos adversos de la pandemia sobre las mujeres, una vibrante justificación de sus reclamos.

La toma de conciencia de los problemas de desigualdad que tan bien documenta el informe de Oxfam se ha extendido a través de grupos y medios de comunicación con fuerte influencia sobre la toma de decisiones en materia de política económica a través del mundo.

El giro del pensamiento en grupos tradicionalmente favorables al statu quo se hizo evidente en el último Foro Económico de Davos celebrado este año de manera virtual hace pocos días. El presidente del Foro declaró de manera enfática: “Deberemos salir del neoliberalismo en la época post-covid”; el Fondo Monetario Internacional ha señalado en diversos documentos que no debe haber un retorno a la austeridad y ha apostado a favor de impuestos progresivos; el conocido diario londinense Financial Times ha hecho un llamado para realizar “reformas radicales que reviertan los lineamientos de política económica de las últimas cuatro décadas”, argumentando a favor de la redistribución, aumento del ingreso básico e impuestos a la riqueza.

En todos los esfuerzos para repensar el futuro, el interés en una transformación radical de la desigualdad ocupará, sin duda alguna, un lugar importante. La radiografía de la que nos habla Antonio Guterres obliga a ver las fracturas y debilidades de la sociedad actual y la consiguiente urgencia de avanzar hacia un mundo más igualitario. ¿Hacia dónde, con qué metas e instrumentos que permitan alcanzarlas, se dirigirá el pensamiento sobre política económica en México?

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