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México, ¿ejemplar? y fábula de una rana

México, ¿ejemplar? y fábula de una rana

La nación requiere reflexionar y actuar con urgencia en medio de la catástrofe sanitaria, crisis económica, leyes perturbadoras y drama humanitario en Tabasco, Waterloo moral de gobiernos improvisados y élites de oropel.

POR: PROCESO

¿Es México hoy, una nación ejemplar? Este artículo relaciona una fábula de Esopo con realidades actuales. La nación requiere reflexionar y actuar con urgencia en medio de la catástrofe sanitaria, crisis económica, leyes perturbadoras y drama humanitario en Tabasco, Waterloo moral de gobiernos improvisados y élites de oropel. Las falsas teorías, actitudes y declaraciones sucumben a manos de buenas metáforas como diría Pessoa. Las fábulas son metáforas, breves historias fantásticas de animales con fines educativos. Divierten por su ingenio y hacen pensar por sus moralejas súbitas.

La genealogía de este género literario es antigua. En otros tiempos, India, Grecia, Roma, tuvieron brillantes representantes del género. La edad media los tuvo, y después de siglos, vinieron: La Fontaine, Samaniego, Iriarte. Reproduzco más adelante una fábula famosa para provocar reflexiones en torno a hechos cuya repercusión, muchas veces, pasa inadvertida.

Han sido las fábulas aptas en la tarea formativa de la niñez y los pueblos por igual. Y pienso que ahora lo son más que nunca, porque vivimos en época en que la mente desparrama, sin capacidad de concentración duradera en un punto concreto. Escapa el ser humano del aburrimiento con juguetitos que hurtan el tiempo para pensar, que inhiben el hábito de prudencia y deliberación.

La persona en general, vive ausente, distraída en el sentido de no centrase en lo esencial. Consume y se consume a sí misma, degradándose en vanidades, en animal contentamiento, en conformismo. Lo digital, la demagogia y la televisión hechizan, potencian tales fenómenos que derivan en frivolidad: “dolosa ignorancia de realidades vitales”, y en esnobismo: encandilamiento para relacionarse con los otros, no por lo que son de verdad, sino por factores exteriores que encasillan sin análisis alguno de cada caso particular: títulos, poder, dinero, animales, autos finos…

Esnobismo y frivolidad en aceptación cuasi religiosa de jerarquías y camarillas de las que se excluye a millones de ilusos o zalameros; en modas que promueven la “adopción” de animalitos exclusivos como sucedánea del procrear o adoptar hijos e hijas; en actitud racista hacia el humilde, el migrante pobre. La frivolidad y el esnobismo, ha dicho alguien, no registran en el otro, estupidez, ineptitud ni vulgaridad obvias en su caso, siempre y cuando estén presentes: dinero y poder, binomio de la exclusividad que entraña exclusión de tantos. Así, tal binomio -analizado por Proust – ahoga alma, fondo, trascendencia, solidaridad fraterna y misterio de personas y cosas.

En ese contexto, la fábula y su moraleja permiten de manera muy ágil en tiempo, salir de periferia y ausencia estéril, situar de nuevo en piso firme, devolver al ser humano a lo vital, al centro de las realidades, de las preocupaciones, de las graves responsabilidades humanas. Ella, la fábula: entretiene y como relámpago, enciende inteligencias adormiladas, y, por ende, educa.

Por ello, la fábula resulta hoy muy oportuna y benéfica en medio del torbellino de distractores y sandeces. Esopo fue un brillante escritor de fábulas en la Grecia antigua, cuyas moralejas debieran ser tomadas en cuenta en todos los campos. Hay una muy ilustrativa, de amplia aplicación hoy en materia social, política y económica: la de “La Rana que decía ser doctora y la Zorra”, que aquí reproduzco:

“Gritaba un día una rana desde su pantano a los demás animales:

— ¡Soy médico y conozco muy bien todos los remedios para todos los males!

La oyó una zorra y le reclamó:

— ¿Cómo te atreves a anunciar ayudar a los demás, cuando tú misma cojeas y no te sabes curar?

Moraleja o lección:

Nunca presumas lo que no puedes demostrar con el ejemplo”.

Con que frecuencia sucede lo narrado en tal fábula, y sin embargo, ¿puede el país presumir, ante sí mismo y el mundo, de tener un modelo educativo de excelencia para todos, y no uno de segunda con resultados deprimentes en materias claves; de ser ejemplo de unidad, paz y concordia y no de violencia brutal y cotidiana, inseguridad, desconfianza y delación; de conciencia e identidad históricas y no de orfandad suicida; de lealtad a la raíz católica propia y no de imitación ciega de costumbres extranjeras de índole jacobina y liberaloide; de eficaz estrategia en el caso de la pandemia, ocupando últimos y no primeros lugares en las estadísticas mundiales de fallecidos y de porcentajes de mortalidad en relación a contagiados; de sana y digna distancia frente al vecino del norte?

¿Puede la nación pregonar ser ejemplo de apoyo suficiente a las empresas agobiadas con motivo de la crisis sanitaria; de equitativa distribución de riqueza y no de concentración inaudita de ella; de seguridad pública en manos de policías preparados y bien pagados y no de su militarización tan contraria a las funciones naturales del ejército; de pluralismo y no de cerrazón facciosa; de reconocimiento del hecho fundante de nuestro mestizaje indígena-español con sus grandezas y defectos, en contraste dramático con el racismo despreciador de las colonizaciones anglosajonas?

¿Acaso la nación, es ejemplo de auténtica división de poderes y no de lamentable uniformidad aduladora; de solidaridad desbordante, unánime con los indígenas inundados de agua y abandono en Tabasco; de tolerancia y debate con el que discrepa vía argumentos que no insultos; de respeto a la presunción de inocencia y no de prisión preventiva y normativas similares anuladoras autoritarias de libertades; de tasas justas de interés bancario que limitan la voracidad de los nuevos Epulones y no de usura legalizada; de empleos abundantes, de prestaciones, pensiones y salarios dignos para la mayoría de trabajadores y no de mendrugos electoreros y dádivas somníferas para sobrevivir dócilmente?

Mucho trabajo por delante, mucha reflexión, imaginación creadora, tolerancia, valentía, heroísmo y rectificación. Hay substancia, reservas morales, espirituales, sobre todo en la mujer mestiza e indígena, para ser de nuevo una nación ejemplar, teniendo frente a sí las raíces y grandezas fundantes de donde venimos y a las que debemos fidelidad so pena de naufragar. Todo depende de que se sepa realizar el esfuerzo, alegre, esperanzadamente, defendiendo, protegiendo lo más cercano a la persona: la familia entrañable en su sentido genuino, oficio y vocación, y municipio libre, hoy desvencijado, bajo el amparo de la Guadalupana que salva, identifica y une.

Será ejemplar México en suma cuando la raíz de Jesé se alce iluminando a la nación y sus testigos como hace 93 años.

Dedico este texto con admiración a Cáritas de Tabasco, por su callada, pero formidable labor en pro de los damnificados; y al periodista Raymundo Riva Palacio, por su lucidez y valentía. Feliz Navidad, paz y bien a todos en estos tan difíciles tiempos.

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