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La vacía realidad del “show”

El presidente, día tras día, convence a un gran número de personas de que su fantasía es la realidad. Lo real se disuelve así en el éxtasis de un sueño, de una simulación que lo sustituye… aunque los hechos lo contradigan.

POR: PROCESO

Los medios electrónicos, cuya presencia se ha potenciado con la pandemia y el confinamiento, ocupan casi todo el espacio público. En ellos, la realidad pasa de manera tan vertiginosa que, al mismo tiempo que borran las fronteras entre la verdad y la mentira, entre lo importante y lo banal, sustituyen la realidad por el show. Quien entonces determina lo real no es sólo quien monta el mejor show, sino quien lo hace permanecer más tiempo en medio de la velocidad de los flujos informativos, creando una ilusión.

El modelo más acabado de la efectividad del show es la mañanera. En ella el presidente, día tras día, convence a un gran número de personas de que su fantasía –una especie de austera Disneylandia– es la realidad. Lo real se disuelve así en el éxtasis de un sueño, de una simulación que lo sustituye. Aunque los hechos lo contradigan, aunque él mismo se contradiga, la persistencia de su espectáculo es tal que, como un buen vendedor de detergentes en la pantalla televisiva, el sueño que vende se vuelve real en la imaginación de un gran número de espectadores.

Un ejemplo de ello es su imagen de la paz. Para este vendedor de desinfectantes de la realidad, la violencia dejó de existir desde que llegó al poder. Si existe es marginal, ilusoria, los remanentes del pasado, de gente que, anclada a él, se niega a aceptar que ya no existe y la genera.

No importa que durante los dos años y tres meses de su mandato haya habido, según datos del INEGI, cerca de 100 mil asesinatos, 10 feminicidios diarios, 40 mil 410 desaparecidos y no localizados (de ellos 15 mil 396 mujeres); que de 2006 a 2020 se hayan descubierto 4 mil 190 fosas clandestinas y que cerca de 39 mil cuerpos se encuentren en los semefos sin ser identificados.

No importa que, según Causa en Común, hasta julio de 2020 haya habido 429 masacres, 400 casos de tortura y 2 mil 582 hechos atroces.

No importa que, como en el pasado, la impunidad sea casi absoluta; que el puñado de corruptos de ayer que persigue –a no ser por venganza, como el caso de Rosario Robles– nunca pisen la cárcel y nunca se les acuse de ser responsable de complicidad en los homicidios y masacres de ayer; que los corruptos de hoy, como Manuel Bartlett, y criminales y violadores, como Salgado Macedonio, estén bien resguardados en su gabinete y en su partido.

No importa que el sufrimiento de las mujeres, que transformaron en un inmenso memorial el muro de la ignominia que levantó para resguardarse como un cobarde en el show de la investidura, sea el signo ominoso de su gobierno. No importa que su tren maya arrase con las autonomías indígenas, que su política energética sea cara y contaminante y que la Ley Orgánica de la FGR se deslinde de su responsabilidad en la búsqueda de los desaparecidos.

En un mundo dominado por la virtualidad de los medios electrónicos, lo que cuenta es la abstracción del show que en su aparente densidad transforma el sueño en realidad, lo indefinido en evidencia, la mentira en verdad.

Así como, a través de gráficas y porcentajes, el show científico pretende dar forma a nociones abstractas como el crecimiento de la población, el número de muertos y enfermos por la pandemia, etcétera, y nos llama a experimentar horror, angustia y regocijo frente a estos vaciados de informaciones abstractas en gráficas, así también el show de AMLO y de los partidos que, inútilmente, intentan competir con él –hay que saber vender­ detergentes– no representa nada de la materialidad sufriente de la realidad, pero finge y simula haberla dominado, cambiado y transformado en paz y bienes­tar. Arropado por el espectáculo mediático, la persistencia del show crea el acontecimiento y enmascara la realidad bajo el manto protector de lo ilusorio.

Sin embargo, ninguna forma de la percepción es monopólica, aun ésta que es producto de un sistema virtual que, al igual que nos absorbe en sus ilusiones, pone muros a la realidad distorsionándola como ninguna ideología ha podido hacerlo. Formas de mantenerse en la realidad sobreviven en muchas personas.

El monopolio de la ilusión del show no ha logrado, por ejemplo, cegar la mirada ni ensordecer los oídos de las feministas. Ellas levantaron un memorial donde AMLO levantó un muro travestido de paz. Ellas –no las que intentaron destruirlo y terminaron por alimentar las abstracciones de AMLO– miran y nos hacen mirar la realidad y el sentido que la ilusión simula. Gente como ellas, que conservan en su carne las evidencias de lo real, mantiene vivas la libertad y la dignidad.

Contra la lógica del show y su juego de ilusiones podemos hacer actos poéticos de renuncia e irreverencia como el del memorial en el muro. Podemos romper el encanto del show, cortar la conexión, desenchufarnos y desafiar la mentira de la matrix. “Podemos también –escribió Jean Robert– tratar de redescubrir y practicar una ética óptica”, que hoy es también una ética política.

“El origen de este concepto es medieval (…) En esa época, la ética óptica consistía en la adquisición de hábitos psíquicos mediante los cuales las apariencias podían filtrarse en el umbral de la memoria”. Hoy se trata de proteger el corazón de la intrusión de imágenes que, como los fascinantes y vacíos ojos de la Gorgona, suplantan la realidad en el vacío del show.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos.

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