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La laicidad en peligro

La laicidad en peligro

POR: PROCESO

En una nación democrática se debe respetar la pluralidad de ideologías; sin embargo, los eclesiásticos jamás lo hacen, pues ellos se sienten enviados de Dios.

Esto constituye una violación al artículo 130 de la Constitución federal que establece que las y los ministros de culto no podrán asociarse con fines políticos ni realizar proselitismo a favor de candidatura, partido o asociación política alguna, lo que se deriva del artículo 40 de la Constitución, que establece la decisión soberana del pueblo mexicano de constituirse en una República representativa, laica y federal.

En Proceso, Rodrigo Vera analizó la presencia de las iglesias evangélicas en México, en especial, el activismo político tanto de Hugo Eric Flores Cervantes, el líder evangélico del PES, como del pastor Arturo Farela.

Coincido con Vera en que el Estado laico está “bajo acecho”. Si bien en México hemos tenido mucho intervencionismo de la Iglesia católica en la política, nunca había sido así de abierto como lo es ahora con los evangélicos, que además cuentan con el beneplácito del presidente. ¿Cuál es el problema, preguntarán algunas personas, dado que estos creyentes quieren “hacer el bien”?

Retomo parte de la explicación que dio la magistrada Janine Otálora del TEPJF, la única que votó en contra de aceptar el registro del PES:

“La prohibición a las y los ministros de culto de participar en la arena pública a través de los partidos políticos garantiza el respeto al principio de laicidad, pues con ello se asegura que no se utilice a estas entidades de interés público para imponer creencias religiosas desde los cargos de elección popular.

“Si se abriera la posibilidad para su participación, entonces se estaría reconociendo la validez de las razones fundadas en ideas y principios religiosos como parte de las justificaciones aceptables para el ejercicio del poder público, lo que atentaría contra la libertad de creencia y la independencia ética de aquellas personas que no compartan los mismos valores y formas de vida que tienen su origen en sistemas éticos fundados en la religión.”

¿Cuáles son los valores de los evangélicos? Tradicionalmente las iglesias evangélicas comparten los dogmas patriarcales del Vaticano respecto a la sexualidad y la procreación. Y así como los sacerdotes y obispos católicos condenan el uso de anticonceptivos, la educación sexual, la interrupción de un embarazo y la homosexualidad, de igual manera lo hacen sus pastores.

A lo largo del tiempo hemos visto cómo ciertas decisiones políticas que les molestan a los obispos o de las que discrepan han provocado campañas en contra, no sólo desde los púlpitos y confesionarios, sino también desde los medios de comunicación masiva, pues con sus estrechas relaciones con grandes empresarios y dueños de cadenas televisivas, periódicos y radiodifusoras, los funcionarios del Vaticano han aprovechado el peso simbólico que tiene la cultura judeocristiana.

Dudo que los evangélicos, que también conceptualizan a las mujeres como seres que deben estar subordinadas a mandatos arcaicos relativos a la sexualidad y la procreación y, en especial, que deben dedicarse a las labores propias de su sexo –la maternidad y el hogar– se atrevan a contravenir esos dogmas.

Todas las personas tenemos derecho a vivir de acuerdo con nuestras creencias, sean religiosas o no. Pero una cosa es el sentimiento religioso y otra muy distinta la administración de ese sentimiento religioso por los funcionarios de las iglesias, que son seres humanos con los mismos vicios y prejuicios que los demás.

En una República laica las personas pueden profesar la religión que quieran y, al mismo tiempo, se impide que toda Iglesia imponga su sistema de creencias. La política, en un Estado democrático, se construye a partir de una agenda pública en la que participan los distintos representantes populares.

El problema surge cuando quienes hacen política imponen los dogmas de su iglesia en su quehacer y además, como están convencidos de que están en posesión de la Verdad de Dios, desprecian las demás posiciones, a las que consideran falsas o equivocadas.

Así como nuestra Constitución consagra la libertad de conciencia de todas las personas como un derecho, también establece la laicidad y prohíbe a las iglesias inmiscuirse en las decisiones de las personas, en especial, aquellas relativas a asuntos íntimos, como son la sexualidad y la procreación.

En una nación democrática se debe respetar la pluralidad de ideologías; sin embargo, los eclesiásticos jamás lo hacen, pues ellos se sienten enviados de Dios.

Con esta nefasta resolución del INE, y con su ratificación igual de ominosa por el TEPJF, ¿qué nos espera? Tal vez un futuro como el de Brasil, donde la bancada evangélica en el Congreso ha echado para atrás los programas de educación sexual, persigue la homosexualidad y ha impedido una legislación que despenalice el aborto, con las trágicas consecuencias que conocemos. ¿Será que próximamente veremos perfilarse a un Bolsonaro mexicano?

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