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La indiferencia mató a Mariana

El caso de Mariana es un ejemplo paradigmático de cómo la indiferencia es una forma de violencia, y si verdaderamente queremos acabar con ella, es necesario transformar los modelos que la reproducen socialmente.

POR: PROCESO

La muerte de Mariana Sánchez Dávalos es, como otras miles de muertes de mujeres, una atrocidad que ocurre cotidianamente en nuestro país. Sus colegas médicos y feministas de distintas partes de la República se han manifestado con dolor e indignación, y comparto esos sentimientos.

Mariana, que hacía su servicio social de medicina en un centro de salud en Ocosingo, Chiapas, tuvo varios incidentes de acoso y le pidió a la responsable del centro su traslado. La directora se lo negó, y como Mariana sabía bien que quedarse sin completar el servicio social implica no recibirse, se resignó. Por teléfono le comentó a su mamá que “vivía un infierno”, y ésta la instó a que se regresara, pero la pasante quería terminar el servicio para poder trabajar como médica. El viernes 28 de enero apareció colgada en su cuarto. El sábado cremaron el cuerpo, sin haberle solicitado permiso a la madre ni dar tiempo a una investigación que aclarara si fue suicidio, como dijeron las autoridades locales. Para conocer más detalles remito al reportaje de Isaín Mandujano publicado la semana pasada en este semanario (Proceso 2310).

Ojalá se logre esclarecer lo que ocurrió, dado que la cremación hace más difícil, pero no imposible, la investigación. Sin embargo, creo que hay que reflexionar que algo que contribuyó, si no es que provocó la muerte de Mariana, fue la indiferencia de las autoridades ante el acoso que padecía. Cuando una persona avisa que algo grave (como un acoso) le está pasando, quien la escucha debe tomarla en serio, y más si se trata de una autoridad. ¿Por qué la directora del centro no escuchó la demanda de Mariana? Habrá que ver qué declara ahora que ha sido detenida. No dudo que se justifique de forma burocrática alegando que el reglamento no lo permitía. Desconozco si el acoso sexual está considerado en el protocolo del servicio social como una causa válida para permitir un traslado. Lo que sí sé es que en México el servicio social de los estudiantes de Medicina es una prueba brutal de aguante físico y emocional que supone pasar por un periodo de resistencia en el que la explotación laboral y la crueldad tienen un papel relevante. Esta tragedia es una ocasión para ir más allá de solamente buscar a un culpable: es necesario, además de fincar responsabilidades, visualizar los otros elementos que están en la trama de los acontecimientos.

El doctor Roberto Castro, en una investigación acerca de la práctica de los médicos en México, cita estudios que documentan el maltrato que sufren les estudiantes de medicina y las agotadoras jornadas que deben cubrir los residentes, y señala que tales experiencias tienen graves efectos sobre su formación y su práctica. Este sociólogo de la UNAM encuentra que esa “cultura” del abuso de los estudiantes en las escuelas de medicina posteriormente tiene consecuencias en la manera en que luego desarrollan su práctica en los servicios de salud. Como experto en sociología médica, Castro cita varios estudios que describen el maltrato y el abuso como constitutivos del “currículum no formal”, y señala que este “entrenamiento” tiene mucho que ver con el tipo de prácticas autoritarias que el personal médico desarrolla después. A partir de las consideraciones de este experto, es posible comprender, pero de ninguna manera justificar, la actitud de indiferencia de la directora del centro ante el acoso que vivía Mariana. No me extrañaría que esa funcionaria médica hubiera compartido lo que Claude Giraud califica de “las lógicas sociales de la indiferencia y la envidia”, que suelen estar presentes en “la actitud revanchista de ‘si yo ya pasé por esto y me aguanté, ahora tú te aguantas’”.

Ha sido un gesto muy agradecible la reacción de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y de la Secretaría de Gobernación (con la Conavim y el Inmujeres) de ir a Chiapas a ofrecer su colaboración en el esclarecimiento de lo que pasó. De esa manera mandan el mensaje de que el gobierno federal está sumamente dolido y preocupado por el caso. Pero no basta. Lo ocurrido debería involucrar también a la ANUIES y al Insabi en una revisión a fondo del esquema de servicio social en medicina.

Ahora que con la pandemia de covid se ha revalorizado la labor del personal médico, es imperativo escucharle para transformar un proceso de formación que conlleva unas cuotas altísimas de maltrato e indiferencia. Es significativo que, ante la tragedia, las autoridades sanitarias y universitarias de Chiapas enviaron un comunicado rechazando que ellos tuvieran conocimiento de un caso de abuso sexual. Escudarse en “no sabíamos” es también una forma de indiferencia.

En nuestro país asesinan al menos 10 mujeres al día y apenas menos de 5% de los casos se resuelve. Esa impunidad se debe tanto a la incompetencia como a la indiferencia de distintos tipos de autoridades (y en ocasiones, también a la envidia, diría Giraud). El caso de Mariana es un ejemplo paradigmático de cómo la indiferencia es una forma de violencia, y si verdaderamente queremos acabar con ella, es necesario transformar los modelos que la reproducen socialmente.

Tiene toda la razón su madre cuando afirma: “Mariana no se suicidó, a Mariana la mataron”. Sí, la indiferencia mata.

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