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La fallida pretensión

Cada paso dado por la 4T sólo muestra la gravedad terminal del Estado: su complicidad con el crimen y su absoluta contraproductividad.

POR: EXCELSIOR

Transformar significa cambiar de forma, hacer que una estructura se vuelva distinta. Desde que Morena llegó al poder y se autonombró Cuarta Transformación (4T) ha pretendido algo semejante: transitar de un Estado corrompido, atravesado por la violencia y cooptado por el crimen, a un Estado de derecho, a un Estado moral, a una “República amorosa”, valga la contradicción, porque nada es más contrario al amor que un gobierno. Pero así lo pretende y se siente heredera de las transformaciones que, según ella, la antecedieron: La Independencia, la Reforma y la Revolución.

La realidad, sin embargo, es que no está transformando nada. Lo que ha hecho es sólo exhibir lo que ya estaba allí y que forma también parte de la naturaleza de su propio gobierno: el desfondamiento del Estado, su inoperancia y lo que Iván Illich definió como “contraproductividad”: el Estado no sólo ha dejado de servir a los fines para los que fue creado; desde hace décadas lo único que produce es lo contrario: injusticia y violencia. Donde quiera que volvamos el rostro, el caos brota como en una casa plagada de salitre. En ella –como alguna vez escribió Mandelstam en ese poema a Stalin que le costó la vida– “ya no sentimos el suelo bajo nuestros pies/ [y] nuestras palabras no se escuchan a diez pasos”. Sobre el lodo de su suelo nos hundimos asediados por asesinatos, desapariciones, insultos, corrupciones, difamaciones, mentiras, frivolidades, cambios estructurales hechos al vapor y con la prisa de la ocurrencia… Fuera de un discurso plagado de ruido, nada hay parecido a una transformación.

Cada día nos encontramos con una, dos o tres atrocidades que desplazan a las de ayer, a veces a las de hace 10 minutos, haciendo que lo informe adquiera una densidad imposible de moldear.

Retomo una que, en medio de esta densidad, pasó casi inadvertida, pero que, rescatada por Alberto Padilla (Animal Político, 21 de abril de 2021), muestra en su corrupción y horror la inoperancia y contraproductividad del Estado y de ese mal eufemismo llamado 4T.

El pasado 8 de abril –el día en que Alejandro Encinas rendía en la “mañanera” su maquillado informe sobre las víctimas (“El peso de la banalidad”, Proceso 2320)–, cerca del puente internacional de Nuevo Laredo Tamaulipas, en esa guerra desatada por Calderón, profundizada por Peña Nieto y normalizada por López Obrador, en uno de esos estériles enfrentamientos entre la Guardia Nacional (GN) y el crimen organizado, la GN mató a dos civiles: Jorge Alberto Rivera y Martha Leticia Salinas. A ese acto siguió otro: “Los familiares de ambos recibieron una oferta” de la GN: recibir “la compensación de 1 millón de pesos […] más gastos funerarios y una partida extra para apoyo psicológico, si firmaban un convenio por el que renunciaban a que la FGR siguiera adelante con la investigación”. Al relatarlo, la viuda de José Alberto agregó que, junto con la oferta, “me dieron a entender que si los denunciaba, yo iba a pisar la cárcel”.

Este procedimiento no es aislado. Así se ha procedido –continúa la nota– con otros dos asesinatos, también en Nuevo Laredo, en febrero y marzo y con el de un guatemalteco tiroteado en Chiapas también en marzo. Así se ha hecho ayer y hoy. Recuerda al de esos grupos del crimen organizado, expertos en limpieza, que después de una masacre son llamados para desaparecer cualquier rastro que pueda comprometerlos. Para colmo, el 21 de abril, la Cámara de Diputados aprobó la Ley General de la Fiscalía de la República, que abandona a las víctimas a una casi absoluta indefensión.

Cada paso dado por la 4T sólo muestra la gravedad terminal del Estado: su complicidad con el crimen y su absoluta contraproductividad.

La única manera, no de realizar una transformación, sino de sentar sus bases, sería descapturar al Estado de la criminalidad. Pero eso no le interesa a la 4T. Tampoco a la oposición. Les interesa chapotear en el lodo y volverlo más espeso. Los supuestos cambios de la 4T, además de ser un remedo populachero del pasado, exhiben la ya añeja inoperancia del Estado, la corrupción, la violencia, la criminalidad y la falta de inteligencia que habita lo mismo en Morena que en la oposición. Unos y otros son tan iguales que por ello se odian. No soportan mirarse en su espejo y arremeten contra él, como si destruyéndolo, destruyeran la insoportable imagen que llevan consigo. Es el mismo odio que, al estilo mexica, fascistas, comunistas e integristas de todo tipo tienen cuando se miran entre sí.

¿Hay salida? Sí, pero para ello se necesita humildad, silencio, paciencia, capacidad de escucha y lucidez. Se necesita entender que, desde hace mucho, el mundo dejó de ser lo que era y que los paradigmas y soluciones del pasado –los de la mal llamada 4T o los de la oposición– sólo reproducen y alimentan el crimen, el caos y lo amorfo de un mundo colapsado. Pero pocos lo entienden. En tiempos así –tiempos de crisis, tiempos apocalípticos–, lo que queda, a quienes aún tienen ojos y oídos, es cultivar no la impotencia del poder, que en su violencia nos ha destrozado, sino la renuncia a él, una renuncia, que al mismo tiempo que exhibe las traiciones del Estado, salvaguarda, en su aparente debilidad, lo que aún subsiste de sentido, significado y fraternidad en nosotros.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, esclarecer el asesinato de Samir Flores, la masacre de los LeBarón, detener los megaproyectos y devolverle la gobernabilidad a Morelos. l

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