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El cristal con que se mira

El cristal con que se mira

Percibo en el ambiente una aversión al diálogo íntimo, a la conexión en los hondones del alma donde todos somos iguales y donde podemos acercarnos y comunicarnos

POR: PROCESO

Quizá los estragos post pandemia no sean sólo el dolor de las ausencias, las secuelas de la infección y la precariedad económica. Otra consecuencia del maldito coronavirus podría ser un mal aprendizaje: la percepción de que los seres humanos nos estorbamos unos a otros. No me refiero a la socialización: el riesgo no es que nos convirtamos en una sociedad de ermitaños, si vale el oxímoron, sino que crezca la desconfianza y el rechazo a la otredad. Tampoco hablo solamente de una actitud consciente de miedo al contagio; temo un daño inconsciente más profundo, un recrudecimiento del segregacionismo, de la pulsión de erigir barreras y fabricar enemistades.

Hay una vacuna para eso, y se llama perspectiva. Más que como año de calamidades, haríamos bien en ver el 2020 como invitación a las revaloraciones. “Todo es relativo”, solíamos decir en la escuela, deslumbrados por el relativismo, cuando caíamos en la cuenta de que habíamos despreciado o subestimado a alguien que a la luz de nuevos acontecimientos o en comparación con otras personas nos parecía más valioso. Y, sí, en este annus horribilis aquilatamos a médicos y enfermeras desconocidos y trabajadores de servicios esenciales que antes nos eran invisibles o de quienes, con demasiada frecuencia, nos quejábamos. Podemos concebir la otredad como algo bueno, podemos hablar del “extraño amigo”. Podemos comprender que quienes no se parecen a nosotros, quienes no piensan como nosotros, no son por ello malos y mucho menos han de ser nuestros enemigos.

El virus del encono ya estaba aquí desde las rebeliones finiseculares, pero ha mutado. La nueva cepa es más infecciosa. A mí no me preocupa que prevalezca un distanciamiento físico sino un alejamiento anímico que engendre comunidades irremediablemente rotas, divididas y enfrentadas. Me alarman los síntomas que padecen los solitarios incapaces de empatía, de comunión con la diferencia. Hace muchos ayeres lo escribí, y francamente no se me ocurre cómo decirlo de otra manera. “La soledad es la sombra del alma. Se proyecta cuando el ser interior está lo suficientemente oscuro para impedir el paso de la luz; se hace visible cuando hay suficiente luminosidad a su alrededor para delinear su silueta […] Subjetiva de principio a fin, la soledad es inasible. La carencia que la provoca no es física sino espiritual. La paz interior la aleja, el desasosiego la atrae. El suyo es el mundo del abandono, de la melancolía, de la desesperanza. Lo pueblan los fantasmas de su propio miedo. Es el desamparo ontológico, la sensación de mi contingencia y finitud, lo que alimenta mi temor a perderlo todo. Y es ese temor lo que me acerca a ella ”El sueño es vida”, Ed. Castillo, 2001, p. 43).

Desasosiego, abandono, melancolía, desesperanza. Estos sentimientos han deambulado por muchos pasillos vacíos, por infinidad de cuartos desiertos durante el confinamiento. No pocas personas han visto en el suelo, así sea por unos instantes, la sombra de su alma. Es a la prolongación de esa oscuridad solitaria, de una yuxtaposición de soledades colectivas, a la que aludo en este texto. La incertidumbre de estos tiempos de tinieblas, del acecho de la muerte, ha aumentado el temor a perderlo todo. Y ese miedo atrae a la soledad interna, refuerza el aislamiento y la proclividad a rechazar a los otros. Cuidado con la coexistencia en compartimentos estancos. Cuidado con esa inefable congregación de sombras.

Mi alegato de fin de año, lo reitero, no emana de una preocupación por una merma de sociabilidad. A un anacoreta funcional no le preocuparía eso. Tal vez a estas alturas de mi parrafada no sea necesario precisarlo, pero lo hago por aquello de las malditas dudas: lo que me parecería grave es que las relaciones humanas fueran regidas aún más por el recelo y los prejuicios, que los acercamientos entre distintos y discrepantes se toparan con escudos de reconcomio. Percibo en el ambiente una aversión al diálogo íntimo, a la conexión en los hondones del alma donde todos somos iguales y donde podemos acercarnos y comunicarnos, y eso sólo puede llevar a la entronización de la era de la ira. Porque la otredad, en la medida en que es ignota, desemboca en miedo. Y el miedo es la antesala de la violencia.

Insisto: el bicho de la polarización y la crispación ha rondado el planeta por varias décadas y, en diversas mutaciones, por muchos siglos. La suspicacia, el atrincheramiento y la belicosidad son inherentes a la ignorancia y a la cerrazón. El enojo social, por lo demás, es multifactorial y llegó mucho antes de la pandemia. Pero vernos de reojo como lo hacemos ahora, construir más muros y atizar el odio acabará por deshumanizarnos. Apelemos a la perspectiva, recordemos que cuando valorábamos menos la vida nos estorbábamos más. Y lo más importante: si, como decía Heidegger, el hombre es un ser de lejanías, hoy tenemos la posibilidad de hacer de la persona humana un ser de cercanías. Es una paradoja de esta época de cuarentenas, en la que podemos conocernos mejor a nosotros mismos y acercarnos más a los otros en la dimensión que realmente importa. Si el cliché es en rigor asaz cuestionable, vale para despedir al 2020, para exorcizar sus demonios y desterrar sus plagas: nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira.

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