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Del invierno que abusó de la palabra, a primavera de razón

Hay quienes, desde el poder, apelan a la supuesta libertad, pero que anulan o ponen en peligro la genuina, la de los ciudadanos. La anulan o amenazan al concentrar con desmesura el poder para aferrarse al mismo, y trastocar, con caprichos e ideologías erradas, tradiciones y valores seculares.

POR: PROCESO

Sobre el abuso del poder y de la palabra, es que se debe debatir, no sobre una supuesta libertad de expresión incitadora de infamias. Retórica azuzadora de aquel que con ella hipnotiza masas. Misma que es defendida con sofismas por sus acólitos o solapada por lenguas en conserva. Retórica esa que incita al odio y ciega a la gente, que llama a la violencia, siembra discordias y asalta capitolios y honras. No se olvide en qué círculo sitúa Dante a los “sembradores de discordias”. La palabra es el principio de la acción, y la que es envenenada, de la acción despótica.

Hay quienes, desde el poder, apelan a la supuesta libertad, pero que anulan o ponen en peligro la genuina, la de los ciudadanos. La anulan o amenazan al concentrar con desmesura el poder para aferrarse al mismo, y trastocar, con caprichos e ideologías erradas, tradiciones y valores seculares.

Tal abuso y la ineptitud e irresponsabilidad frente a la pandemia y sus muertes, miles evitables, no quedaron impunes en Estados Unidos tras el resultado de la elección presidencial y del “impeachment”. En nuestro país, los de arriba adularon y complacieron en todo al demagogo perdedor de dicha elección -que levantó muros, enjauló niños, odió a migrantes pobres violando sus derechos básicos e insultó a los mexicanos-. Y antes de la toma de posesión, ignoraron, desdeñaron al ganador que nada nos ha hecho, sin necesidad racional alguna, enrareciendo, poniendo en jaque una relación de vecindad que debe ser de respeto mutuo. ¿Será porque es católico, sensato, demócrata y convoca a la concordia? La rectificación en los hechos, se impone.

El 20 de enero, tránsito afortunado de un invierno negro de cuatro años a una primavera política, comienza una etapa nueva que trae esperanza al mundo de la razón. El discurso de Biden de ese día, fue sobrio e inspirador, llamando a la unidad y a combatir fanatismo y mentira, y sus primeras medidas, alentadoras y justas.

No existe libertad de poder alguno, ni de nadie, para corromper la palabra, incitar al odio, arrancar las raíces fundantes de pueblo alguno, minimizar calamidades.

Nunca es anacrónico hablar de dictaduras, tiranías, despotismos y su retórica: piedras de barbarie puestas para impedir el curso civilizatorio. El ser humano y los pueblos todos, han tropezado y tropiezan, con harta frecuencia, con las mismas piedras, con los mismos vicios.

Por eso resulta siempre de vital trascendencia, tener presentes la naturaleza y peligro de ellos, los despotismos. Los hay, brutales, novicios, negados o disfrazados de supuesta legalidad. Tales calamidades políticas son objeto de expresión por grandes novelas donde pueblos humillados son levantados del polvo, y los perpetradores son empequeñecidos. Cervantes, el de Lepanto, dice: “Nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza”.

La memoria humana es raquítica a pesar de la historia como maestra. La inteligencia humana a su vez, es limitada y apunta no solo al bien como blanco, sino a la iniquidad con inusitada frecuencia; ello en virtud de la naturaleza caída, aunque salvada en esperanza, y del misterio de la libertad, arma formidable de dos filos. Y esas novelas refrescan memoria e inteligencia, y hacen presente al pueblo como veremos.

Para efectos de este artículo, agrupamos conceptualmente en un mismo objeto de análisis a las tres piedras de barbarie que se mencionan al principio, emparentadas por sus características comunes, y que son diques que impiden el paso a la democracia humanista, servidora del pueblo; sin cuyo paso, se frustra el destino de naciones y ciudadanos.

Pongamos ejemplos. Grecia tuvo en el lejano 404 antes de Cristo, al final de la Guerra del Peloponeso, sus Treinta Tiranos; Alemania veinticuatro siglos después, tuvo uno que sacrificó a millones de inocentes bajo el pretexto diabólico de una supuesta “raza pura”. Y brotaron y brotan textos condenatorios del sangriento lodazal como los de A. Camus, como “Regreso a Birkenau” de G. Kolinka, “La bailarina de Auschwitz” de Edith Eger, por mencionar solo algunos.

Rusia, tuvo, entre otros, a Iván el Terrible, gobernando cuarenta años, muchos de ellos enloquecido; y pasadas cinco centurias esa Rusia, bautizada por los marxistas-leninistas como Unión Soviética, al sanguinario Stalin, asesino también de millones, pero con el agravante de matar a traición, a colegas de su misma ideología, heredera de Marx, Engels y Lenin. Y entonces se escriben entre otras, “Un Mundo Feliz” y su Lenina de Huxley, “Doctor Shivago” de B. Pastenak, “Rebelión en la granja” de Orwell, “Archipiélago Gulag” de A. Solzhenitsyn.

Lenin que teorizó sobre la dupla “democracia-dictadura”, que exigió a los trabajadores en “Sobre la democracia y la dictadura”, utilizar la democracia, usarla para después aniquilarla y consumar en su momento la victoria de la dictadura del proletariado. El marxismo repudia, con razón, al hombre burgués por filisteo, pero termina, sin razón alguna, por anular a todo hombre y mujer en particular, reduciéndolos a la masa colectiva. Las dictaduras o tentativas de ellas existen “porque no hay pueblo” como dijo alguien sabiamente.

Dictadura esa “ejercida contra los enemigos de la revolución, pero realizada como democracia para el proletariado y sus aliados”, conforme a un glosador de la leninista obra citada en párrafo anterior. Doble medida, de odio de clase, marrullera; uso de un medio político avanzado aún con sus defectos, para lograr un propósito totalitario que al final de cuentas arrodilla a todos, incluyendo a los proletarios.

Hagamos alusión a las piedras dictatoriales con las que ha tropezado el orbe hispanoamericano; realidad trágica esa, expresada en imágenes literarias del género predilecto de estos tiempos, la novela. La novela que hace hablar a las víctimas y a los victimarios, y al sufrimiento encadenado para que no quede mudo, muerto. La literatura, arte supremo para Oscar Wilde, evita la mudez de los hechos, fecunda y nutre a memoria, historia y política.

Victimarios llamados por sus aduladores y acólitos: “los beneméritos”, “los regeneradores”, “los patriarcas”, por citar algunas adjetivaciones ocultadoras. Novelas y textos de hispanoamericanos y un español: “Tirano Banderas”, “Amalia”, “El Señor Presidente”, “El Otoño del Patriarca”, “Yo El Supremo”, “El recurso del método”, “Entre las patas de los caballos”, “Por Dios y por la patria”, estas dos últimas versan sobre la dictadura callista, rabiosamente anticatólica y sumisamente proyanqui.

Y hoy, en el primer cuarto de un siglo que se esperaba un tanto mejor que el XX, continúan trabajando los herederos de las ideologías inhumanas de la “raza pura” y de los materialismos dialécticos.

En el asalto del Capitolio del 6 de enero, se hizo por la turba sediciosa, apología del racismo nazi. Bien hicieron, a raíz de la insurrección esa, al impedir al poder los mensajes digitales que apelaban a la sedición; ello no es censura, es el cumplimiento de un deber moral y jurídico. Las libertades son medios, no fines en sí, tienen que organizarse para evitar abuso y caos. Por ello, tienen límites racionales para el logro del orden social, del Bien Público. Hitler y su retórica quedaron impunes en su intento fallido de golpe en 1923, después, en 1933, arribó su régimen carnicero en que la palabra inocente se calcinó en hornos y se hizo jabón.

La palabra perturbada, y más la del poder que convoca al caos, es veneno puro y delinque como los hechos mismos, según un recto sentido, pues la palabra como decíamos, es el principio de la acción. Los regímenes que abusan de la palabra son deudores ya del colectivismo, ya del individualismo capitalista radical, que desprecian el sentido de la solidaridad, sentido defendido por la filosofía humanista, perenne.

Hay intelectuales en todas las latitudes, cuyas ideas y acciones buscan instaurar regímenes de tufo marxista, fascista o combinado que hoy llaman populistas, en connivencia con magnates empresariales consentidos, simulando afecto democrático. Recurren a los mecanismos de la democracia que detestan, con la finalidad de conservar en apariencia, supremas cortes, tribunales electorales, congresos de legisladores, pero anulados por un férreo control del centro todopoderoso.

En este contexto, debe señalarse que en todas las especies y grados de dictadura existen dos rasgos comunes que las caracteriza conceptual y prácticamente: concentración desmesurada del poder por un sujeto o algunos pocos, y retórica que siembra odios. Y eso equivale a divorciarse del pueblo, al que se usa y halaga para luego someterlo.

Garantías constitucionales de las instituciones democráticas en todo país: derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones, defensa del medio ambiente, justicia pareja y nunca selectiva, tolerancia, procuración de justicia eficaz y nunca la delación cobarde, presunción de inocencia y no la anti garantista prisión preventiva, real división de poderes, trato digno y generoso a migrantes pobres, respeto a los entes intermedios y organismos autónomos que garantizan el pluralismo, fomento de la amistad cívica y no del odio de clase y división fratricida.

Ojalá que la fuerza de la razón, del derecho, prevalezcan en naciones en trance de barbarie antidemocrática. Que el mundo, consciente de la gravísima hora, de la crisis decisiva que se vive, agudizada por el virus letal, y confiado no en individuos de barro aferrado al poder y al dinero, sino en Dios, Belleza Soberana y Compasiva, y en personas de barro sencillo, serio y de virtud, trabaje por las libertades auténticas para la consecución del Bien Común, la paz, la concordia, el bien de cada persona en particular.

No en balde Wilde dijo en “De Profundis” que el mundo moderno era “complejo y relativo”, y que el Amor y el Sufrimiento no trafican en los mercados.

(Dedico este artículo a la memoria de los grandes novelistas, sembradores de esperanza, que le prestan voz a las víctimas de la historia de las que habla el último Max Horkheimer, vista a los pueblos desorientados, manos valerosas a los que resisten y combaten con armas pacíficas, alas al presente y sentido al porvenir).

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